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Revista
Adoración perpetua
By David R. Aquije, Fotos de Sean Sprague

El Padre de Maryknoll William McIntire sale de su dormitorio en el Seminario Intermediario San Francisco Xavier en Mymensingh, Bangladesh, antes que salga la luz del día. Camina por el campus del seminario alumbrando el camino con una linterna y sale y cruza la calle sin asfalto hasta llegar al Monasterio de la Adoración de San Miguel de las Clarisas Pobres de la Adoración Perpetua, donde 33 Hermanas viven enclaustradas de por vida y sin contacto con el mundo exterior. Las campanas anuncian el inicio de la Misa diaria a las seis de la mañana en el pequeño pueblo musulmán donde los católicos son una pequeña minoría.


El Padre de Maryknoll William McIntire y Hermanas Clarisas Pobres en Bangladesh.De espaldas a los pocos laicos en la capilla, el misionero inicia la Misa bilingüe en bengalí e inglés. Frente al altar, una enorme división de madera divide la capilla en dos. A través de una ventana en la división, McIntire también celebra la Misa para las Clarisas Pobres.

"He sido capellán del monasterio de las Clarisas Pobres desde mediados del 2004", dice McIntire. Por sus múltiples ocupaciones como sacerdote misionero, vice rector del seminario y secretario del Obispo de la Diócesis de Mymensingh, McIntire dudó aceptar ser el capellán de las Clarisas Pobres, pero el ministerio, dice, ha sido una maravillosa bendición en su vida personal.

Las Clarisas Pobres son una comunidad de contemplativas cuyo apostolado es la Adoración Eucarística en espíritu de acción de gracias. La orden fue fundada en Francia, el 8 de diciembre de 1854. Desde entonces, las Hermanas han realizado un perpetuo acto de adoración del sacramento y establecido 27 monasterios en Francia, Polonia, Austria, Alemania, Estados Unidos, India y Bangladesh.

"El primer grupo de seis Clarisas Pobres llegaron a lo que hoy es Bangladesh en 1933, tras un largo recorrido en tren y barco desde su monasterio en Cleveland, Ohio. Ellas iniciaron el primer monasterio de adoración en el subcontinente de India", dice McIntire. "Algo que me parece maravilloso es que las Clarisas Pobres de Bangladesh enviaron tres Hermanas de este país al monasterio de Cleveland, como un hermoso regalo en retribución a la generosidad que tuvo el monasterio de Cleveland hace 77 años".

Dedicadas a un ministerio de oración, las Hermanas Clarisas Pobres de la Adoración Perpetua tienen un contacto mínimo con el mundo exterior a su claustro.La Misa transcurre solemne bajo el calor de este día de octubre y los fieles en la capilla sólo pueden escuchar las voces de los rezos y los dulces cantos de las Clarisas Pobres al otro lado de la división de madera. Después de la Misa, McIntire invita a la visita, un reportero y un fotógrafo de Revista Maryknoll, a conocer a las Hermanas. En un momento con aroma de misticismo pasamos a una habitación en la que las Hermanas pueden recibir ciertas visitas. Como la capilla, la habitación también se encuentra dividida por una enorme cortina marrón. Después de unos segundos de silencio se escuchan tras la cortina los murmullos y las risitas de las Hermanas. Están entusiasmadas por conocer la visita que llega desde Estados Unidos. Se abren las cortinas y a través de una reja se ve al devoto grupo de monjas de la orden franciscana, de diferentes edades, quienes han decidido dedicar sus vidas exclusivamente a la oración. Las Clarisas Pobres de Mymensingh sonríen jubilosas, aplauden a la visita y entonan un canto en el que agradablemente se repiten las palabras "les deseamos una feliz bienvenida".

El cariño, la sencillez y la ternura que transmiten las Hermanas se siente en el ambiente. McIntire conversa con la madre superiora y consigue que la visita pase a un jardín del monasterio y pueda conversar con las madres sin una reja de por medio.

"Esta es mi vocación y este es mi feliz hogar", dice la Hermana M. Antoinette. "Nuestra vida es una vida de adoración perpetua. Cada Hermana toma un turno: en las noches de dos horas, en el día de una hora. Y cada día hacemos nuestras tareas. No hay silencio para nada y estamos muy felices".

"Nosotras rezamos por todas las personas de todo el mundo", dice la Hermana M. Juliane. "La gente no sabe que vivimos en el claustro, no sabe qué hacemos, pero estamos rezando, haciendo penitencias y sacrificios por todo el mundo: por los enfermos, por los moribundos, por los pobres y los perseguidos de todo el mundo".

Una a una, las Hermanas manifiestan el júbilo inexplicable que les causa su vocación. Una vida contemplativa, de penitencia y oración, en un claustro, no pareciera ser compatible con la inmensa felicidad que expresan las Clarisas Pobres; pero lo es. Mientras tanto, las Hermanas continúan manifestando su felicidad y dando ejemplo de sus intenciones: por las vocaciones, por los misioneros, por la paz en el mundo y por la justicia sin distinción de credos.

Antes que las Clarisas Pobres vuelvan a unirse en un jubiloso canto de despedida, la Hermana M. Cristina resume todo su apostolado en pocas palabras: "Quiero vivir y morir aquí. Amo mi vocación".

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