RevistaUn esfuerzo unido
By Romane St. Vil, M.M.
Cuando el Padre de Mayknoll Romane St. Vil supo que un devastador terremoto azotó su país, Haití, no lo podía creer. Él acababa de regresar de allí donde pasó la Navidad con su familia y amistades.
"¡Imposible, no puede ser!" pensó St. Vil, quien nació en la ciudad de Jeremie, un puerto al suroeste de Haití. "Para un país que ha sufrido por tanto tiempo, donde la pobreza es extrema, pensé, no, no otra vez, no mi país. Es duro de aceptar".
Es duro. Esas palabras resaltan en las conversaciones con este misionero de 44 años de edad, quien aunque ha hecho varios viajes de emergencia a la isla desde el 12 de enero cuando ocurrió el desastre, aún no puede creer lo que sucedió.
Para St. Vil, el terremoto, considerado el quinto más fatídico en el mundo con 220,000 muertes, según el U.S. Geological Survey, se ha convertido en la cruzada de su vida misionera, una causa que es al mismo tiempo profesional y personal para él. Días después del terremoto, los Padres y Hermanos de Maryknoll le pidieron a su único sacerdote haitiano que encabece un esfuerzo para responder al terrible desastre.
"Siento la urgencia de regresar y hacer algo para ayudar a mis compatriotas", dice el misionero. Desde que el temblor de magnitud 7.0 ocurrió, las experiencias que ha vivido St.Vil han sido una mezcla de shock, tristeza, consuelo y, eventualmente, esperanza.
Horas después del terremoto, St. Vil supo que sus familiares, primos con quienes vivió durante su adolescencia en Puerto Príncipe, estaban bien. "Qué alivio", dice el misionero, aunque días después se enteró que no todos los miembros de su familia se salvaron. Por lo menos cinco de sus familiares, incluyendo dos primos más perdieron la vida.
Un mes después del terremoto, St. Vil y el Padre de Maryknoll Dennis Moorman fueron a Haití con una docena de enfermeras y médicos voluntarios, la mitad de ellos haitianos americanos, para ofrecer asistencia médica a cientos de personas en partes afectadas de la capital, quienes habían recibido alguna atención médica por heridas recibidas semanas antes y por infecciones. En marzo, St. Vil regresó de nuevo a Haití con un equipo de 22 voluntarios, otra vez a lugares donde su ayuda era imperiosamente necesitada.
"Es duro", repite, moviendo su cabeza. "Esta es la gente dejada atrás. Nadie les presta atención, y como parte de una sociedad misionera creo que tenemos el compromiso con los más pobres de los pobres, y esos son lugares que buscamos, especialmente donde no ha llegado auxilio, esa es la gente que necesitamos ayudar".
Al mismo tiempo, St. Vil lamenta que no pudo hacer más para remediar la necesidad aunque fue a muchos campamentos que no habían sido visitados por otros. "Me siento bien de poder ayudar, pero al mismo tiempo me siento muy triste", dice. "No podemos ayudar a todos y con la desesperación que hay, bueno, pienso, 'Dios mío, si pudiera hacer más'".
Hacer más por Haití es la verdadera misión del misionero. En su esfuerzo por llevar ayuda inmediata a los más afectados, su conocimiento del país y del idioma creole fueron indispensables para coordinar y traducir, virtualmente sin parar, para los equipos médicos. Al mismo tiempo, parte de su misión es crear un proyecto que refleje el carisma de misión de Maryknoll y establecer una presencia que conduzca a una mejoría permanente en la calidad de vida de los haitianos. Después de todo, Maryknoll no es una agencia de ayuda humanitaria sino una sociedad misionera.
Entre las posibilidades que St. Vil está explorando se encuentra la ayuda para traumas y terapia física. Con cientos y cientos de personas con amputaciones y otros con heridas y cientos de miles sufriendo traumas físicos y emocionales, la necesidad es urgente, comenta el misionero.
Mientras tanto, la gente sigue en las calles, viven a la sombra de las ruinas o con miedo a volver a sus casas inestables. Este es el caso de los primos de St. Vil en Puerto Príncipe con quienes St. Vil vivió cuando era estudiante de secundaria. Aunque la casa sigue de pie, ellos viven en una carpa de lona al frente de su casa a unos 10 minutos de camino del derrumbado palacio presidencial. Cerca, los cadáveres de sus vecinos siguen enterrados bajo de los escombros.
"Todo el mundo está en la calle", dice St. Vil. "Y en la casa de al lado todavía hay cadáveres que están debajo de los escombros y ahí estás tú, vivo. Pero sabes, la gente está agradecida de tener vida, eso es lo que pude apreciar".
"Aunque viven en una tienda de campaña, por lo menos están vivos, porque fueron tantos los que murieron", dice. "Consideran una bendición estar vivos". El misionero dice que se calcula que los muertos serán unos 300,000 cuando se rescaten todos los que están en los escombros, y se cuenten quienes morirán de heridas y complicaciones.
Como hijo de un maestro director haitiano y oficial militar de Estados Unidos, St. Vil pasaba los veranos con su papá y los meses de escuela en la isla con su mamá. Después de graduarse de secundaria, se mudó a New Jersey con su papá y fue a la universidad. Siendo feligrés de la parroquia de San Miguel en Elizabeth, New Jersey, St. Vil descubrió la llamada al sacerdocio. Su devoción a la Virgen y su experiencia internacional lo acercaron a Maryknoll. De seminarista sirvió en Tanzania y después de su ordenación en junio del 2003 sirvió en Camboya. Más adelante, asignado al departamento de promoción, St. Vil forjó fuertes lazos con comunidades haitianas en Estados Unidos.
Son estas conexiones con sus compatriotas haitianos con las que ha contado para llevar ayuda y esperanza a su país natal después de la destrucción. St. Vil nos habla de un doctor en Haití quien perdió a su esposa e hijos en el terremoto, sin embargo, se niega a dejarse vencer por la desesperación, y trabaja sin descanso para atender a los necesitados.
"Esas cosas me inspiran, me dan energía para ayudar. No sé si es una manera de lamentar la muerte de tantos, pero uno lo que quiere es ayudar", dice St. Vil.
"La muerte une a las personas, las cambia; se ayudan mutuamente y forman comunidades y hasta familia", dice. "Quiero que seamos uno para ayudar a Haití, como una fuerza unida, un esfuerzo unido".
Lea más artículos sólo en Revista Maryknoll.
Para comunicarse con Revista Maryknoll revista@maryknoll.org
Ayuda a Padres y Hermanos de Maryknoll en su labor con los más vulnerables del mundo.