RevistaEl sacerdote de Flores
By David R. Aquije, Fotos de Sean Sprague
El Padre de Maryknoll Edward Custer se detiene en medio de una pintoresca y empinada calle empedrada de la isla Flores, en Petén, Guatemala, y observa con regocijo como el anda que carga las imágenes de José y María, en busca de refugio, ha llegado a la morada donde pasará la noche. En la cálida penumbra de esa noche de diciembre las hojas de los árboles de plátano que adornan las viviendas de ese pueblo tropical parecen estar envueltas en el iluminado velo etéreo que dejan los cohetecillos que van anunciando la llegada de la Navidad.
"A la gente de Flores le gusta mucho la religiosidad popular", dice el misionero de 64 años de edad quien acaba de acompañar a un grupo de niños, tocando pitos y maracas, y a sus familiares, seguidos por músicos que tocan música tradicional guatemalteca con marimbas, en el inicio de la tradición de Las Posadas. Dentro de las casas donde el anda hace un descanso, los niños disfrutan de dulces de papaya y bebidas caseras, mientras los mayores rezan y cantan villancicos.
"Hay una necesidad pastoral aquí porque por más de un año la parroquia estuvo sin sacerdote y por casi dos años sin obispo", dice Custer quien llegó a Petén en mayo del 2008, después de casi 30 años de servicio misionero en Nicaragua. "Cuando llegué a Flores lo primero que hice inmediatamente fue atenderlos espiritualmente, regularicé las Misas y establecí tiempo para las confesiones".
La gente en Flores, debido a su próximidad con las ruinas de Tikal y el vecino país Belice, se dedica básicamente al turismo, explica el sacerdote nacido en South Bend, Indiana. Además, tiene por fuera seis comunidades con una población de 2 a 5 mil personas cada una.
Una de esas comunidades es Remate, un pueblo humilde que según el misionero también se gana la vida a través del turismo y donde se encuentra una de las dos iglesias a las que sirve el sacerdote. "Hay muchas pensiones, hoteles, restaurantes, casas que venden artesanías. Es lo que se ve por afuera, pero el resto de la comunidad que vive adentro es más pobre. No obstante, casi todos tienen electricidad, y no tengo que transitar por caminos malos".
Con la alegre procesión de Las Posadas, Custer culmina un día de arduo trabajo en su nueva parroquia. Por la mañana, asistió a la conferencia diocesana Petén por la Justicia y la Paz, y por la tarde celebró una Misa de cuerpo presente para una de las familias de sus feligreses en Flores que despedía a un ser querido. Al día siguiente, inicia una novena tradicional en honor a San Juan, celebra la primera comunión para un grupo de niños y el domingo celebra cuatro Misas.
La reunión diocesana trata temas sociales que no sólo afectan a Petén sino al pequeño país centroamericano: derechos humanos, titulación de tierras, violencia doméstica, entre otros. A más de dos mil millas de distancia entre Flores y la frontera de Estados Unidos con México, un grupo juvenil de una parroquia del vicariato de Flores, hace una representación teatral navideña en la que trata el drama de una familia cuyo padre se vio obligado a emigrar al norte. A través de esa presentación los jóvenes manifiestan su deseo por una reforma migratoria justa en Estados Unidos.
Además de apoyar la pastoral social, Custer se preocupa de desarrollar la parte de formación espiritual en Flores. Él inició grupos de Acción Católica, cada uno con su respectiva directiva en los pueblos que visita, grupos de Delegados de la Palabra, y organizó la catequesis para niños, para confirmaciones y para los demás sacramentos. "Tratamos de fomentar una mayor participación, pero ha sido difícil; todavía no hemos tenido un retiro de evangelización y esto es algo clave", dice Custer, "Se necesitan más delegados de la palabra para ayudar en los lugares donde no puede estar un sacerdote".
Cuando sirvió en Nicaragua, el sacerdote, además de ofrecer servicios parroquiales a pueblos rurales a los que sólo podía llegar montando caballo, inició programas de alfabetización y participación juvenil a través del deporte. Para atraer a los niños a la parroquia, Custer organizó equipos y ligas de béisbol y su primer equipo eventualmente ganó un campeonato nacional. Su apoyo al deporte fue tan reconocido en Nicaragua que un campo de béisbol en el departamento de Matagalpa lleva su nombre.
Custer sirvió en Nicaragua de 1973 hasta 1979. Salió del país debido a que la revolución Sandinista estaba cercana a sacar del poder al dictador Anastasio Somoza. De Nicaragua, viajó a Guatemala, país que también se encontraba en medio de la guerra civil que por 36 años sacudió a ese país. Custer fue uno de los religiosos que corrió peligro en esa época. Él tuvo que abandonar Guatemala en 1981 a consecuencia de una amenaza de muerte. Después volvió a misión en Nicaragua hasta mayo del 2008, en que inicia su nueva misión en Guatemala.
La violencia que observa en Guatemala aflige al misionero. "Es como que el cristianismo no ha tocado el alma de la gente, pero se podría decir que es tal vez una secuela de la gran guerra que se vivió ahí. Ahora la extorsión parece que es la regla del día, que está de vigor; hay secuestros, matan a los choferes de los buses; cada día uno, dos ó tres; hay bastante actividad de las maras (pandillas)", dice Custer. "Yo he vivido en guerra cuando estaba en Nicaragua, pero nunca he sentido la zozobra que siento en Guatemala".
Aunque sólo lleva poco más de un año en su nueva misión en Guatemala, el Padre Custer piensa, "Bueno, ya tengo 64 años de edad, si yo miro que el trabajo [en Flores] va muy bien, si sigue la necesidad y existe el apoyo, yo me sigo con ellos un poquito más".
Mientras tanto, en este nuevo diciembre los niños de Flores esperan que el risueño sacerdote los vuelva a acompañar mientras buscan posada para el niño que está por nacer.
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