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Buenos vecinos en Kisumu
By Texto y fotos de Frank Breen, M.M.

En las misiones: Kenya


Esther Kerubo Kengongo y sus tres hijos ya habían sufrido una tragedia cuando su esposo Charles murió repentinamente a mediados del 2006. Luego, sólo un año y medio después, su ciudad, Kisumu, estaba bajo sitio. “Podíamos escuchar a la muchedumbre viniendo, primero atacando la casa de nuestro vecino kisii,” dice Kengongo, quien también pertenece al grupo étnico kisii.

Esther Kengongo (dr.) visita a Lorna Athiambo, quien con su esposo Apollo, brindó santuario a Kengongo y sus hijos durante la violencia pos electoral en Kisumu.“Todos huimos a la casa de Apollo y Lorna Athiambo, nuestros vecinos luo. Estuvimos en su casa día y noche por nueve días consecutivos y luego continuamos durmiendo ahí por unas dos semanas más”. Lo que hace algo extraordinario de la hospitalidad de los Athiambo es que miembros de su propio grupo étnico luo eran quienes atacaban a los residentes que no eran luo, incluyendo a los kisii.

La violencia de los luo fue generada por la elección presidencial en Kenya en el 2007, cuando Raila Odinga, un luo, quien se esperaba que ganara la elección, perdió inexplicablemente contra Mwai Kibaki, un kikuyu. Muchos creyeron que la elección fue fraudulenta. En Kisumu, en la costa del Lago Victoria, donde el grupo luo es mayoritario, muchos de ellos tomaron represalias atacando y saqueando las propiedades que no eran de los luo. Aunque los principales objetivos eran los kikuyu, los kisii, entre otros grupos étnicos, fueron erróneamente vistos como partidarios de Kibaki.

Michael, el hijo de Kengongo, habla con gratitud mientras explica cómo Apollo Athiambo desvió a los atacantes de su área. “Apollo les habló a las hordas y les preguntó porqué perdían el tiempo tratando de entrar a las casas cuando había una gran multitud saqueando un gran almacén al final del camino”, dice. “Las hordas inmediatamente se fueron de nuestro vecindario residencial para unirse a los saqueadores. Poco después, dos policías vinieron a nuestro vecindario para cuidarlo”.

Afortunadamente, nadie en la familia Kengongo salió herido, y lo único que robaron de su casa fue una bolsa de carbón que estaba afuera. Esther Kengongo atribuye su seguridad, “principalmente a las cualidades humanas de nuestros vecinos, además a su fe cristiana, la

cual toma precedencia sobre la etnicidad”. Luego añade, “mi esposo y yo promovemos activamente las buenas relaciones con nuestros vecinos luo. Nuestros hijos crecieron jugando con amigos luo”.

Apollo Athiambo es un servidor civil y su esposa es profesora. “Confiamos en nuestros vecinos luo”, dice Kengongo, “pero todavía tenemos cuidado con la población luo en general. Los maleantes que viven en las barriadas todavía lanzan amenazas, diciendo que si no nos vamos de Kisumu, la próxima vez nos matarán”.

Sus comentarios indican dos perturbadores aspectos de la violencia pos electoral: la confianza interétnica se ha deteriorado casi por completo, y muchas de las víctimas de la violencia del 2008, incluso los que escaparon de ser heridos, de alguna manera se sienten traumatizados. Gente de la Iglesia y de organizaciones no gubernamentales han iniciado esfuerzos para reunir a líderes étnicos y facilitar la paz y la reconciliación, pero el gobierno ha hecho muy poco para promover la reconciliación interétnica, lo que incluye ofrecer compensación a las víctimas o ayuda para lidiar con el síndrome de estrés pos traumático que se observa en miles de víctimas.

Muchos kenyanos han tomado una actitud cínica sobre los propósitos reales de sus líderes políticos. A medida que se acercan las elecciones presidenciales del 2012, a los líderes, dice la gente, parece no importarles promover la armonía interétnica sino que en su lugar quieren mantener lo que el sacerdote jesuita Aquiline Tarimo, un científico social, llama la “tarjeta etnonacionalista”, para jugarla durante la campaña. De acuerdo a Tarimo, muchos políticos kenyanos ven la promoción negativa de la etnicidad como una ventaja para sus aspiraciones políticas personales.

Mientras tanto, Esther Kengongo asiste casi a diario a la Misa, frecuentemente acompañada por algunos de sus hijos. Su parroquia, Santa Mónica, a unas cinco millasal este de Kisumu, cuenta con un personal de sacerdotes agustinos, y el párroco, Padre Jacob Ariek, es un luo quien trató de proteger a los no luo durante la violencia pasada. Él visita a la familia Kengongo regularmente.

Tan buenas relaciones a nivel de base, especialmente en las iglesias y pequeñas comunidades cristianas, indican que la paz es posible, si sólo los líderes tomen acciones para facilitar un díalogo permanente y una reconciliación.

Muchos de los vecinos kisii de los Kengongo han abandonado Kisumu. Pero Esther Kengongo pretende quedarse. A pesar de sus inquietudes por el futuro, ella cree que hay buena gente, suficiente para poco a poco devolverle la paz a Kenya.



 
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