En EspañolTranscribiendo esperanza
By Linda Unger. Fotos de Martin Shea, M.M.
En los años de violencia en Guatemala fueron los niños los que le dieron esperanza, valor y objetivo al Hermano de Maryknoll Martin Shea.
Shea había vivido entre las familias que luchaban por sobrevivir en las zonas rurales y cuando la opresión de los años 80 los forzó a refugiarse en campamentos en México, Shea los acompañó. Al final, unos 200,000 guatemaltecos fueron masacrados y muchos más salieron del país “durante la tormenta de sus vidas”, como Shea lo describe. La mayoría perdió la vida a manos del ejército o paramilitares, según atesta la Iglesia Católica en Guatemala. El misionero compartió su temor, inseguridad y el rayito de esperanza que vio brillar en los ojitos de los niños.
Durante esos años, Shea llevó un diario. Lo llamó, Salven a los chicos, salven sus historias. Es su constancia de esperanza y fidelidad en una época de inmenso desafío al espíritu humano. Shea escribe sin fechas precisas o historia lineal, y es que expresa su evangelio con el pueblo de Guatemala en oraciones, poemas, perfiles, reflexiones y, especialmente, fotos.
“¿Por qué escribo?” él se pregunta. “Bueno para decir verdad, ‘la vida que salvo puede ser la mía’, o en otras palabras, salvando a los niños nos salvamos nosotros. Escribir es un acto espiritual porque tengo que reflexionar y escuchar, y luego escribir. . . y reescribir, y reflexionar una y otra vez. Supongo que es mi manera de orar. Si alguien algún día lee esto valdrá la pena, porque los niños son la historia. Para decir la verdad, sólo quería salvar a los chicos, sus vidas e historias”.
Shea salvó esta historia de Micaela:
Micaela tenía ocho años cuando los soldados llegaron a su casa en Pueblo Nuevo. Ella recuerda que fue en la tarde. La familia había orado porque el padre tenía miedo que el ejército iba a quemar su hogar. Cuando los soldados llegaron, sacaron a todos de la casa, robaron su dinero y quemaron la casa. Micaela y sus abuelos, padre y madre, tíos, hermanos y hermanas fueron llevados a través del Río Xalbal a la selva, donde les dijeron que esperaran.
En las palabras de Micaela, Shea escribe:
Había luna,
esperamos,
cuando regresaron (los soldados)
primero fue mi mamá
y me mataron también
volvieron a mi otra vez
“ésta está viva”
otro vino y tocó mi corazón
“no, está muerta”
me recogieron y echaron en un foso
yo podía oír a mi mamá gritando
y mis hermanos y hermanas
. . . luego, silencio
me quedé allí un largo tiempo
. . . estaba oscuro
quizás Dios tocó mi corazón. . .
Micaela sobrevivió la masacre de su familia fingiendo estar muerta. Shea nos habla de ella ya mujer con su hijo. “Ella, como única sobreviviente de su familia, ha regresado a reclamar su tierra y reclamar su vida. . . y quizás la de su familia”.
Aunque uno no lo espera, el diario está lleno de la Navidad y el Día de Resurrección. Es un testimonio de la encarnación de Dios en Jesús, un recordatorio de la presencia de Dios entre un pueblo sufrido y su esperanza de paz, como prometió Jesús. En uno de varios poemas escrito durante la Navidad, Shea escribe:
Los niños no son refugiados
Son un misterio
Son el amor vivo de Dios
Dios-con-nosotros
Dios-en-nosotros
Dios jugando afuera en nuestro establo.
Son el secreto de la Navidad
que trajo a Dios del cielo
en una noche fría como anoche
Son una parábola ruidosa
Que nos llama a mirar al establo de nuevo
Si podemos tocar a Dios en ellos
Dios podrá tocarnos otra vez
en lo maravilloso
y misterioso
y magia
de la Navidad.
Shea también escribe sobre los padres, madres en su mayoría, quienes sobrevivieron la violencia y tomaron la iniciativa no sólo con sus hijos sino también de los niños huérfanos debido a violencia o separados de sus padres. Después que sus padres, hermanos y hermanas fueron asesinados por soldados guatemaltecos, Micaela creció en un campamento de refugiados con una tía y un tío quienes sobrevivieron el incidente resguardándose de las balas y refugiándose en la selva. Nicolasa es otra mujer sobre quien Shea escribe.

La describe como:
Abuela, madre y madre adoptiva para un total de ocho niños. Dos son de ella, sobrevivientes de la masacre en su aldea. Cuatro son hijos de sus dos hijas casadas, de quienes no ha tenido noticias en cuatro años y calcula que están muertas. Y dos son niños quienes perdieron a sus padres, pero encontraron un hogar con Doña Nicolasa y los otros niños. Otra niñita adoptada de dos años, Dinora, murió el año pasado cuando hubo tantas enfermedades y muchos niños murieron de disentería.
Shea nos dice en las palabras de Nicolasa cómo ella guardó su fe y fue ambos, madre y padre para los niños:
Dios responde, si uno le pide con fe, la situación se resuelve. Dios viene y nos ayuda. Dios nos da vida y la protege. Recuerdo haber sido balaceada por los soldados, pero Dios nos protegió. En todo momento, Dios fue nuestra ayuda. Claro, hubo muchos momentos en que estábamos desesperados, pero llamando a Dios, siempre encontramos una manera de continuar. . . dar otro paso.
La gran fe y confianza en Dios que los sobrevivientes de la violencia en Guatemala compartieron con Shea, lo ayudó a él también a crecer en su fe y ser un signo vivo de esperanza para ellos y para nosotros quienes lo conocemos ahora. En una entrada en el diario, el misionero se pregunta porqué escribe. Habla de las estadísticas de los horrores que son parte de esta y todas las guerras, y dice que quiere poner caras a los números, para que otros comprendan. Pero es más que eso. “Hay un tesoro aquí, y no lo quiero perder”, dice el misionero.